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0 comments | lunes, enero 16, 2006


In this world / Michael Winterbottom
2003

El docu-ficción se ha convertido en uno de los géneros más fascinantes y conmovedores, a la vez que técnicamente perfecto para una narración que se pretende objetiva en su imposibilidad de construir un argumento real en situaciones que por su precariedad física y contextual, y por la exigencia del tiempo, devienen fatuas.
Redundando, estoy seguro de que su influencia como género, será fundamental en el desarrollo del documental sujeto a las condiciones de conflicto, frontera y fractura con el tiempo para contar historias imposibles, (in)visibles en su realidad.

Samshatoo Refugee Camp. Pakistán

Se estima un número total de 14,5 millones de refugiados en el mundo. Más de 5 millones viven en Asia. Un millón de ellos en Peshawar.
53000 refugiados viven en el campo de Shamshatoo, cercano a la ciudad de Peshawar (donde se calcula que en su totalidad viven un millón de refugiados) en Pakistán. Los primeros refugiados que llegaron lo hicieron en el año 1979 huyendo de la invasión soviética; los últimos y más recientes, huyendo de los atroces bombardeos de los Estados Unidos (del terrorismo) que empezaron el 7 de octubre del 2001 y en los que se gastaron 7,9 billones de dólares solo en bombardear Afganistán.
A los niños, el dolor no les ha borrado la sonrisa del rostro y sus gestos no han perdido voluntad ni esperanza. Muchos nacieron en este campo de refugiados, la mayoría de ellos trabaja en las fábricas de ladrillo de la zona con una paga menor al dólar diario. La ración diaria de alimentos para los refugiados es de 480 gramos de harina de trigo, 25 gramos de aceite y 60 gramos de legumbres. Cada familia recibe una carpa, un plástico que la proteja, tres frazadas o mantas y una estufa con que calentarse. Con el tiempo y la ayuda de la comunidad, podrán construir una casita decente, de barro.

Migración y tráfico

La migración es el único camino que podría guiar elocuentemente la vida de cualquiera de los refugiados. En este intento nacen bandas dedicadas sistemáticamente al tráfico migratorio de ciudad en ciudad, de país en país. Cada año 1 millón de personas se pone en manos de traficantes, algunos llegan a su destino, otros son capturados y otros tienen como destino único, la muerte, en el camino.
Así comienza la historia y el destino que marcará el trayecto en la vida del adolescente Jamal y su amigo Enayat que no dudan en forzar su condición de refugiados atravesando el país y el continente para llegar a Europa, Londres exactamente.
Pero primero Jamal y Enayat tendrán que atravesar su propio lugar y el viaje que comienza en Peshawar y recorre Irán con problemas, para volver a empezar nuevamente en Peshawar, Pakistán una semana después. El destino: Londres. Antes: Turquía, Grecia, el mar Adriático y su claustrofobia; Italia y Francia.

Atraviesan nuevamente Pakistán y esta vez con suerte Irán, en un viaje de inicio sosegado, de un paisaje tan desértico como la soledad misma de Jamal y Enayat que se transforma con el cambio y el territorio en un acto suicida y reificado (en el trayecto) en su condición misma, humana y territorial.

El camino de Jamal y Enayat es largo y mortal, dejo en mi memoria la visión de un registro memorable, correctamente edificado y necesario en tiempos de violencia, desborde fronterizo y estupidez, más que nunca.
Me quedo con una imagen; Jamal en las noches seducidas por el desasosiego se convierte en un gran narrador de chistes e historias para Enayat: “Un día el Mullah Nasrudin iba caminando por la calle. Vio a un inglés que se había caído. El pobre Mullah fue a ayudarle y el inglés le dijo Thank you. El Mullah se enfadó y dijo: ¿Vas a perseguirme con un tanque? Y volvió a tirarlo al suelo. ¿Vas a perseguirme con un tanque? Y se dio media vuelta y se marchó”.
De acuerdo con Enayat, este sencillamente lanza una respuesta fundamental: Es una buena historia.
Y quizá sea tiempo de contar historias. Para evitar el mal.