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4 comments | viernes, julio 07, 2006

Vendrá la muerte y tendrá tus ojos, parecen repetir Toru Watanabe y Mikage Sakurai. O más bien Haruki Murakami y Banana Yoshimoto. Y la mayoría de sus personajes.

Tokio Blues (Norgewian Wood)

Naoko, Kizuki, Midori, Rioko, Tropa-de-asalto y Nagazawa; todos visten chaquetas de tweed y son amigos de Watanabe, Toru Watanabe, el protagonista de Tokyo Blues (Norwegian Wood), las más Murakami de las novelas de Haruki Murakami.

Se prolonga la historia de Sputnik, mi amor.

Watanabe construye en cada amistad una perdurable historia. Un vínculo sujeto a las ataduras de la incertidumbre y la (des)esperanza. Amores imposibilitados por el ruido de la amistad que involucra amar en silencio. Es posible que Watanabe se haya escapado de Sputnik, mi amor, al igual que Rioko, suerte de Izu y, Midori o Naoko, suerte de Sumire.

Los personajes de la compañía Murakami beben interminables litros de café y toman vino hasta el amanecer. Usan teléfonos públicos, sacan de sus bolsillos cajetillas de Marlboro y tienen una extraña fascinación por recluirse en el vagón de un tren. En la oscuridad del metro. En una habitación de hotel. En un sanatorio mental o simplemente en la soledad del hogar. Dan largos paseos para terminar nuevamente solos. Se besan para terminar nuevamente solos. Hacen el amor para terminar nuevamente solos. Se aman para terminar nuevamente solos. Se encuentran y están solos.
Desaparecen. Optan por lo más simple. Se suicidan. Más allá de la muerte, no han dejado de existir. Elaboran un ensayo. El suicidio y la muerte física o el suicidio y la muerte psíquica. La claudicación del deseo.

En Kafka on the shore – última de sus novelas- Oshima, uno de los personajes, sentencia: “Es todo una cuestión de imaginación. Nuestra responsabilidad comienza con el poder de imaginar. Como dijo Yeats: En los sueños comienzan nuestras responsabilidades. Dándole la vuelta, también se puede decir que ninguna responsabilidad puede surgir si no existe el poder de imaginar”.

Con esto basta. Y creo que a partir de esta afirmación es preciso reconocer la naturaleza de los personajes en Tokio Blues y Sputnik, mi amor. Cada quien sufre la responsabilidad de su propio sueño. Del poder imaginar.
Porque la vida de los personajes es destruida en gran parte por un sueño. La vida ha sido quebrada por una inexplicable circunstancia. Por un evento indiferenciado en el límite de la realidad y los sueños. Sucede con Sumire. Sumire absorve las consecuencias de un sueño y Naoko las de una realidad producida.

El mundo de los sueños parece no alcanzar el propósito de los personajes. Por eso, cada sueño aparece como un despojo de la realidad. Y a su vez la realidad aparece como un despojo de los sueños. El sueño de Sumire en Sputnik, mi amor. La historia de Rioko en Tokio Blues.

El sueño y la imaginación ejecutan un homicidio psíquico que quiebra el relato personal e inmoviliza a los personajes que deciden configurar a partir y por ese momento, una historia sin propósitos, alejados de ese sueño que sin haber sido su destino, ha sido su fracaso. Tempranamente.

Quizá la única diferencia entre ambas novelas sea la que produce estos límites. La imaginación. En Tokio Blues, cada personaje se altera con la realidad de un evento y, en Sputnik, mi amor, ante la (ir)realidad de un sueño. Ante la posibilidad de permanecer en la (ir)realidad. Alterados por el miedo. A Izu, el cabello se le pone blanco. Sumire desaparece y deja escritas dos historias. Rioko lo abandona todo, decide permanecer recluida en un sanatorio y cuidar de Naoko.

Cuando te disparan, sangras.

El suicidio es la desaparición de la mente. De la conciencia. De la voluntad y la elección. El cuerpo es solo lo primero.
Observamos dos niveles existenciales. Dos (re)soluciones vitales: el suicidio físico y el suicidio psíquico. Ambos como representación de los temas centrales y respectivos en cada novela. En Sputnik, mi amor, son Sumire e Izu y, en Tokio Blues, Kizuki y Naoko. Han dejado de existir. Y su presencia permanece incólume. Más allá de la muerte no han dejado de existir. Para el resto.

Se prolongan las historias.

Las historias de Murakami quedan dando vueltas. Como melodía pegajosa. Su lectura es adictiva y bajo síndrome de abstinencia uno vuelve a recaer en el vicio. Y se instala nuevamente la (re)lectura como si se tratase de un reality show. No podemos intervenir. Tenemos que vivir la historia fuera de la historia. Permanecer en la piel.


POSDATA:
Hay quienes han proclamado el grito de libertad: I love Murakami.

4 Comments:

Anonymous Anónimo said...

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10:36 a. m.

 
Anonymous Anónimo said...

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10:42 a. m.

 
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4:07 p. m.

 
Anonymous Anónimo said...

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1:09 a. m.

 

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